HISTORIA

El Municipio de San Vicente Pacaya, Escuintla,  fue fundado el 26 de noviembre de 1867 durante el Gobierno de Vicente Cerna, se le nombro así en honor a San Vicente Mártir.

Así Nace San Vicente.

Cuenta la historia que San Vicente Pacaya, a finales del siglo XVIII, era una finca ganadera y cafetalera, propiedad del general Rafael Godoy, amigo de gran confianza del mariscal Vicente Cerna de corte conservadora, presidente de la Republica por ese entonces.

Los colonos es decir los trabajadores de Pacayita, eran mitad descendientes de africanos mitad retoños de españoles, traídos por los conquistadores especialmente para labrar las tierras. Pacayita era un latifundio de grandes proporciones, igual que el resto de las fincas durante la colonia, la estructura administrativa, la constituían prácticamente un modesto complejo. Las Oficinas, La Casa Patronal o La Hacienda, La Iglesia, que era parte del dominio colonial, con un área para deportes y luego la ranchería o núcleo de cabañas donde concentraban a los trabajadores.

Para la atención de necesidades esenciales de la gente, había una venta de víveres y artículos para usos personales y conforme avanzo el incipiente desarrollo se instalaron dispensarios con mínimos recursos para la atención de la salud. Acostumbraban también una Auxiliatura para imponer orden y disciplina por medio de la figura de un alguacil. Esta figura leguyezca demando la instalación de calabozos donde recibían su castigo los soberbios.

Con todo esto contaba Pacayita, muy probamente desde inicios del siglo XVIII. El casco urbano de la población se inició y se desarrolló en donde está actualmente. En donde hoy vemos la iglesia católica construida a principios de la década de los años treinta. En ese lugar hubo también un área engramillada y muy cerca la frondosa ceiba que fue talada a principios de los años setenta. Bajo aquella ceiba estaba la plaza, la que a la vez servía para campo de encuentros de futbol. Allí fue construido el primer parque y donde ahora luce el actual sitio de estancia con su diseño tratando de identificarse con la fisionomía del volcán característico del pueblo.  

De acuerdo a relatos de varios vecinos vicentinos que coinciden el área geográfica de lo que es ahora el casco urbano, estaba dividido en dos planos uno al norte llamado “El Llano “y al sur “Pueblo Nuevo “la división física geográfica bien marcada fue siempre la calle 8 de extremo a extremo conforme avanzo el crecimiento de la población fue necesario trazar las calles y avenidas. Y a principios del siglo XIX la población quedo ordenada en barrios o cantones con los nombres de la Caridad se ubica en la posición noroeste, Las Flores en el noroeste, La Esperanza en el suroeste, La Fe en el suroeste y Santa Cruz al sur occidente en la periférica de la Esperanza.

Uno de los primeros intendentes (Alcalde Municipal)  fue el señor Manuel Morales Guerrero, en 1896, según lo explica don Filiberto Morales, quien trae a su memoria los recuerdos que marcaron su historia.

Cuenta que la administración de su papá logro la construcción del primer edificio municipal, la primera escuela de educación primaria, la que fue toda una novedad. Se inició con dos grados como plan unitario, pero en esos albores de la historia lleno las expectativas del momento. Inauguro también el primer centro de salud. Ver doctores y enfermeras por primera vez, fue motivo de gozo para las familias. Realizo la primera feria del pueblo y se eligió a la primera reina que fue la señorita Margarita Ponciano. A esta dama aun la recuerdan porque luego se convirtió en la declamadora del pueblo.

El edificio municipal en aquel entonces, que debió ser el mejor, que no fue más que un caserón con techo de teja. Las paredes comunes en aquella época eran de bajareque, adobe, madera aserrada y en su mayoría cercos de caña de milpa y techos de paja. El bajareque se construía a partir de una estructura de varas de madera solida de una pulgada de grosor, ligadas a parales también de madera, de cuatro o seis pulgadas. Las varas de madera, formaban una especie de parrilla. Mientras tanto los artesanos preparaban apisonando varias proporciones de pasta de barro, a la que le agregaban suficiente paja para que le diera amarre a la masa de tierra, poco, más que humedecida. Cuando la armazón estaba preparada, los artesanos se colocaban gabachas de brin y tomaban la cantidad adecuada para rellenar la cavidad que finalmente le daba forma al muro. Toda la armazón de madera quedaba interna. Con la palma de la mano le daban el acabado a la superficie. La diferencia con el adobe es que con la misma calidad de arcilla, rellenaban marcos de madera de quince centímetros de alto, veinte de ancho y cuarenta de largo. Era una medida estándar, aunque según el o los interesados, podría variar. Sacaban el molde y los cubos o adobes de barro quedaban en el piso a cielo abierto para que se secaran de cara al sol. Ya secos los colocaban a partir de los cimientos dándole forma a las paredes o muros de las casas. El acabado final, generalmente era la aplicación de pasta de la misma masa arcillosa, que según las manos del artífice, le daban cierto brillo a la pared de bajareque.